jueves, 4 de abril de 2013

La promesa de un 6 de julio en Pamplona

La vida se da la vuelta en San Fermín. Foto: Jonan Basterra (2009).


La ventaja de tener buenos amigos es que, de vez en cuando, te ahorra trabajo y te ayuda a darle vida a esta cita periódica con los Sanfermines. Fermín Mínguez, pamplonés de pro desterrado en Madrid, es nacido en plenas fiestas. Ya en otras ocasiones relató algunos de los Mitos y Leyendas de San Fermín (I y II) y escribió su particular carta a los Reyes Magos. Ahora recuerda la ilusión de un 6 de julio.



Tengo la suerte de decir que he vivido todos los días de San Fermín desde que nací, de hecho, nacer un 6 de julio además de dejar impronta, da cierta ventaja: desde que nací sé lo que es Pamplona en sanfermines. Pero aparte de ese año, del cual puedo dar pocas referencias, sí que recuerdo el primer año en que pude vivirlos con conciencia, en solitario (bueno, con amigos), mis primeros como profesional de la fiesta, vamos.

En tus primeros sanfermines juegan un papel fundamental los que ya han estado, que te dan consejos infalibles, impagables e inolvidables. Es la primera vez que escuchas frases como “cósete la cartera al bolsillo” “las llaves atadas por dentro” (esto duele….), “habla con todo el mundo” (¿en Pamplona??????). No entiendes bien.

Luego están las madres, cuyos infinitos consejos, benditas sean, se resumen en dos, sobre todo en tu primer año: “come bien y haz base antes de salir”, y “no se te ocurra correr el encierro”. Eso se resume que sales de casa todos los días, todos, con la sensación de que te están cebando para algún sacrificio extraño, y que cada vez que vuelves te han visto caerte en Mercaderes cuando pasaba la manada. Porque, como bien sabéis los corredores de encierro, una madre es el único ser capaz de reconocerte entre 500 personas vestidas exactamente igual que tú en una imagen que dura un segundo. Y si dice que te ha visto, te ha visto. Y punto.

Era 1993, antes había estado en esos veranos de aprender idiomas, a pesar de insistir en quedarme. Esos veranos en que te decían “total, si no es para tanto, no te pierdes nada”, claro. Nada. A las 11.55 del 6 de julio de 1993 ya tenía claro que no iba a volver a faltar jamás.

Recuerdo perfectamente no pegar ojo el día 5, el almuerzo del 6 y ver toda la ciudad de blanco. La primera vez que ves Pamplona de blanco impacta, todo es blanco, (siempre hay alguno con la camiseta del Athletic y vaqueros, pero de todo tiene que haber…). Y recuerdo entrar en la calle Nueva, impoluto, nervioso, bien comido, vestido como mejor encajaba, con una cartera con cremallera cosida al fondo de un bolsillo, sin entender demasiado por qué, y, de repente, todo empezó a cobrar sentido y a desordenarse a la vez. Todo. Todo. Anudarme el pañuelo. Abrazarnos. Y todo son flashes, rápidos. Pero indelebles.

Mucha más gente de la que jamás pude imaginar en mi ciudad. Busca la cartera. Una peña, cantar a gritos como si no hubiera más que decir. Un gorro blanco. Corear el nombre de Induráin. Busca la cartera. Tomo lo mismo que tú. Excuse me, can you help me?. Of course I can, and now is the time to thank my summers learning English. Sorry?. Que sí, que te ayudo, guapa. Induráin, Induráin, Induráin. Unas gafas azules. Felicidades!. Dónde está la cartera. 4 boletos en la tómbola. Aceitunas para merendar. San Nicolás. Los Portales. El Sombrero. Donibane. Oberena. Soy minero. Oberena. Mi cartera. Oberena. Todaaay´s my birthday!!!, have you seen my wallet. Piños. Un bocadillo, un colacao y un pacharán para bajar. OOOOOooooooooh… Traca final. Uy, si la cartera está atada aquí, mira que gracia. Estafeta. Un palo luminoso. Induráin, Induráin, Induráin. ¿Y vosotros quién sois?. Amigos de la guiri. ¿Todavía sigue aquí?. Un abanico. Una conga por la Estafeta. Una espada de plástico. Algo caliente entre pan y pan. Un cohete. ¿Ya?. El encierro en La Cepa. Piños. El Diario, 6 bollos y a casa. Llegan 4.

Dos horas de sueño. Ducha, como un pincel y a la procesión de San Fermín. A las duras y a las maduras. Como un clavo, aplaudiendo emocionado. Bromas de tus hermanos mayores, y yo todavía asimilando el día anterior.

Sentado en la terraza de El Molino, con gafas de sol, un frito de gamba y una clara recordé mi promesa de las 11.55 del martes 6 de julio de 1993. No puedes volver a faltar un 6 de julio de Pamplona. 20 años después, algunas cicatrices más y mucho pelo menos, la sigo cumpliendo.

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